Tuesday, January 31, 2006

La maldad de las cosas inanimadas.

¿Sabían ustedes que las cosas inanimadas tiene vida propia?
Ayer le presté mi vehículo a mi hermana para que fuera a buscar a mi sobrino al aeropuerto (¡cuánto he crecido!). Hay gente que me dice que no aprendo, pero creo que si Jesús pudo darlo todo sin esperar nada a cambio y que cada vez que le daban una galleta viraba la cara para recibir una en la otra mejilla, yo puedo tratar de seguir su ejemplo.
A mi particularmente no me gusta tomar carros prestados ni prestar el mío. Considero que es una responsabilidad muy grande. Si ando en mi carro y le pasa algo, pues yo resuelvo y punto. Si ando en el carro de otro y le pasa algo, mi responsabilidad se dobla y tengo que hacer lo que sea para resolver el problema que surja. Si presto mi carro y me lo devuelven con algún desperfecto, comienzan los problemas.
Cuando yo estaba en la universidad mis padres me regalaron una camioneta. Esa era la niña de mis ojos, pero aparentemente también la de los ojos de los demás. Nunca entendí la utilidad de una camioneta en una casa hasta que comencé a pasar penurias con la mía. Como me la habían regalado mis padres, no era “mía” sino de la casa, o por lo menos así lo veían mis hermanos. En esa época como no tenían una camioneta en su oficina, cada vez que necesitaban transportar algo me cogían mi camioneta. El problema es que hacían uso de sus calidades de hermanos mayores y abusaban del privilegio. Muy bien podía levantarme por la mañana y toparme con que mi hermano se había llevado la camioneta para casa del carajo y que yo estaba a pie (porque ni siquiera eran capaces de dejarme un medio de transporte). Cuando les reclamaba me decían que ese era el vehículo de mis padres y que ellos tenían el mismo derecho como hijos de utilizarlo que yo (cheap excuse). El problema se agrandaba porque aparentemente mis hermanos tienen problemas de cuidado. No hubo una sola vez que la cogieran sin que me la devolvieran con algo dañado. ¡Es increíble! Cuando no era el aire dañado era el radio que no prendía o las luces que no funcionaban. El pobre Farolo era quien más la dañaba. Cada vez que la cogía me la devolvía con el clutch quemado y los frenos dañados. ¡Eso era una constante! ¡Y lo peor del caso es que cuando les iba a reclamar ellos nunca asumían su responsabilidad y me decían que no sabían nada de eso!
El carro de casa de mi hermana tiene una semana en el taller. El Jueves Javier se iba a jugar football a Ft. Lauderdale y había que llevarlo al aeropuerto. La guagua de mi papá (en la que ellos andan) no llega al aeropuerto, mi mamá no presta su jeepeta ni loca (she knows better, I should act like her), sobre todo porque mi hermana y mi cuñado no son los mejores cuidadores de carro del planeta (¿cuánto tiempo duraron para hacerle el primer cambio de aceite al carro?), así que (renuentemente) les presté el mío. Me lo devolvieron (me pasé el día en nervios) y pensé que se iba a quedar ahí, pero fue iluso mi pensar.
Ayer al medio día me llama mi hermana para “darme” las gracias por prestarle de nuevo el vehículo. Yo entre sueños medio me asusto porque pensé que se lo había llevado, pero más allá medio me molesto porque ya yo tenía planes de salir y entre ellos no estaba el quedarme a pie (mi carro es como mi American Express, “never leave home without it”). Respiro profundo, le pido al Señor que me de paciencia, que no me permita ser egoísta y que me haga una buena hermana y le presto el carro con el compromiso de que me fuera devuelto inmediatamente.
3 horas después me llevan la llave. Me llama mi amiga, me cambio y me dispongo a salir. Me monto en el carro, lo prendo y hay un sonido horrible saliendo de las bocinas. Chequeo, todo está conectado como tiene que estarlo. Manipulo el radio (porque creo que tengo manos curativas), y el radio nada de nada. Lo saco y lo logro apagar, pero no vuelve a prender. La sangre se me sube a la cabeza. Le doy a prender al aire y el aire no prende. Respiro profundo. Siento que la cabeza me va a explotar. Después de darle como 500 vueltas al switch el aire prende, pero el radio nada de nada. Llamo a mi sobrino para preguntarle qué pasó con el radio y el aire. ¿Adivinan la respuesta? “Yo no sé.” En la noche me topo con mi hermana en mi casa y tranquilamente le pregunto qué le pasó al radio. “Nada, me molestaba y lo apagué”. Le digo que el radio se dañó, me dice que no sabe de eso.
No estoy molesta, estoy resignada. Quizás la pobre tuvo mala suerte y el radio iba a dañarse ese día y le tocó a ella. No desconfío de su palabra, estoy segura que no le hizo nada al radio, pero ahora ando sin radio. Me recuerdo de la época en que andaba en Merito (mi primer carro mío de mi persona propio personal, un Renault 12 del 80 que no tenía aire ni radio). Uno no sabe lo que tiene hasta que lo pierde; la verdad es que andar en un carro con un silencio no es nada agradable. Ahora, con toooooooooodo el tiempo que tengo libre, tengo que esperar hasta el Sabado para poder llevar el radio a arreglar. Mientras tanto, sorry Ana, sorry Annina, no va a poder ser lo de “menos iPod, más X”.

2 comments:

judith said...

tengo que hacer un comentario!!!
no se nada del radio...solo lo apague!!
De veras!!!...Judith

Anthony said...

jeje na lo que tiene es q tener mas cuidado con las cosas de los demar y conciderar un poco mas a tu hermano, y cuidarle las cosas.